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Diversas maneras de barrer

Por Gil Fronsdal

La abadesa era una persona excepcional. Parecía tener siempre una sonrisa en sus  ojos. Cuando lo miraba a uno, parecía como si ella te conociera mejor  que tú a ti mismo. Una vez contó la siguiente historia de cómo fue su primera visita al monasterio:

Cuando yo tenía 13 años, mi familia me enviaba a las montañas cerca del monasterio a recoger plantas comestibles para nuestra cena. Estas excursiones de búsqueda eran el único trabajo que me gustaba hacer; de lo contrario yo me inventaba cualquier truco con tal de evitar trabajar en la granja de mi familia. Aún me encontraba en la escuela, pero no me interesaba para nada; mi enojo funcionaba como  una apreciada barrera para no aprender nada de lo que el maestro me enseñaba.
 
En uno de mis viajes de búsqueda, pasé por el monasterio en el momento en que los monjes estaban barriendo las hojas de los múltiples senderos. La primera vez que los vi trabajando quedé fascinada con la forma de hacer su trabajo. Durante muchos meses después, a menudo me paraba un rato a mirarlos barrer. Ellos trabajaban en silencio y con una eficiencia que parecía sin esfuerzo alguno.

Un día un monje caminó hacia mí y me preguntó qué estaba haciendo en las montañas. La pregunta me asustó y me puso a la defensiva. Me molestaba que cualquiera insistiera en conocerme. En vez de responderle yo repliqué preguntando qué estaba haciendo él. El monje sonrió y replicó que le habían dicho que barriera y que él solo mataba el tiempo hasta que pudiera regresar a su cuarto para tomar una siesta.

Más tarde cuando caminaba de regreso a casa pensaba acerca de su respuesta y estaba contento porque él no parecía muy diferente a mí. Cuando me pedían que hiciera algo mi corazón nunca estaba dispuesto y mi actitud era la de dejar pasar el tiempo hasta que me dejaran libre. Tomar una siesta era ciertamente preferible.

La siguiente vez que pasé por el monasterio en uno de mis excursiones de búsqueda un monje dejó de barrer y también me preguntó qué estaba haciendo.  De nuevo me sobresalté con la pregunta. La sentía como una intromisión. Sin embargo, esta vez no me sentí tan defensivo. De nuevo desvié la pregunta preguntándole qué estaba haciendo él. Me respondió que hacía un trabajo extra con la esperanza de ser asignado a la cocina que era cálida en invierno y siempre parecía haber una o dos galletas dulces de arroz de más en la despensa para picar.
Sin decir nada asentí y salí para continuar mi búsqueda. La respuesta del monje resonaba conmigo pues a mí también me gustaba estar calientito y comer galletas dulces era una de mis actividades favoritas; superada solo por el dormir.

La siguiente vez que pasé por el monasterio, un tercer monje me hizo la misma pregunta. Esta vez me sorprendió que yo no estuviera a la defensiva ni resentido porque me preguntaran algo. Sin embargo, otra vez le devolví la pregunta. Él me explicó que estaba barriendo como una disciplina espiritual para ayudarle a superar su enojo.

Más tarde, mientras iba por el camino de las montañas con mi mochila para las plantas sentí una afinidad con este monje. Él tenía enojo como yo. Pero me sentía sorprendido de que quisiera superarla. Porque según yo mi enojo me protegía.

Una semana más tarde estaba de nuevo afuera del monasterio observando a los monjes barrer. Otro monje se me acercó. Cuando me preguntó qué estaba haciendo, balbuceé algo acerca de recoger plantas. Tuve dudas de que pudiera escucharme: mi voz era apenas perceptible. Pero saqué suficiente fuerza para preguntarle qué estaba haciendo él. Me replicó que estaba embelleciendo el monasterio para que otros pudieran sentirse inspirados en su trabajo de transformación espiritual. Antes de dejarlo, le eché una mirada a los senderos bien barridos y comprendí que parte de la razón por la que me sentía obligado a observar cómo barrían los monjes era que ellos parecían estar transformando los caminos en algo que me hacía sentir tranquilo y seguro.

La siguiente vez que estaba parado afuera del monasterio observando a los monjes, algo me impulsó a caminar hacia el quinto monje, y antes de que pudiera preguntarme qué estaba haciendo, yo se lo pregunté a él. Me miró con unos ojos bondadosos. Y después de lo que pareció un largo, pero dulce silencio, me explicó que estaba barriendo para el servicio de todos los que vivían en el monasterio y que practicando de esta manera esperaba alcanzar la paz absoluta.

Cuando dejé el monasterio ese día pensaba en esa extraña respuesta y no entendía qué quería decir con esto de servicio y paz. Y ciertamente no podía ver qué valor podía tener eso para mí.

La siguiente vez que visité el monasterio fue la última. Tenía una sensación extraña mientras caminaba por las montañas. Me di cuenta que estaba deseando con alegría ver a los monjes de nuevo; sentía un cálido resplandor de alegría que anticipaba lo que iba a encontrar. Cuando llegué al monasterio caminé hacia un viejo monje que parecía absorto barriendo. Le pregunté qué estaba haciendo.

Mientras respondía, cada una de sus palabras era como agua limpia que se derramaba sobre mí: “¿Yo? No estoy haciendo nada. La consciencia de este ‘yo’ ha sido barrida fuera del paso desde hace tiempo. Ahora la vida iluminada palpita en mi cuerpo, mi corazón, mi mente, y mi boca. Nadie barre, no hay senderos que barrer, y no hay tierra que limpiar”. Yo me quedé atónito con su respuesta y antes de que yo pudiera responder me entregó la escoba y se marchó. He permanecido aquí en el monasterio desde aquel día.

Tomado de A MONASTERY WITHIN Tales from the Buddhist Path, de Gil Fronsdal, pp. 3-6, Tranquil Books, Redwood City, California (USA), 2010.

Traducción al español: Catalina Acosta y Juan Felipe Jaramillo.